Volver a Jugar
Un encuentro con el ocio de las infancias y juventudes pasadas
La primera vez que me contaron el cuento de “La Solapa”
Hubo un tiempo en el que la diversión no estaba mediada por pantallas, ni conexiones a internet, sino de la imaginación, la calle, y la compañía de otros. Imagínese un Entre Ríos de los años ‘40, un lugar donde la tecnología aún no dominaba el entretenimiento y la infancia transcurría entre calles de tierra, juegos al aire libre y la complicidad de los amigos. En ese contexto nació y creció Rosa Nilda Ramirez, quien nos ayudará a descubrir cómo era divertirse en aquel tiempo.
Para hacer este trabajo posible, viajé a mi ciudad natal (Nogoyá, Entre Ríos) y allí visité a mi nona: Rosita. Al llegar, me abrió la puerta con amor y ternura. Me dijo que me estaba esperando, que ya tenía el mate listo y que adentro me esperaban unas ricas tortas negras.
Mientras tomábamos asiento en la mesa de la cocina, le conté que quería hablar sobre su juventud y cómo se divertía cuando no existía lo que hoy llamamos tecnología. Ahí, casi sin que yo terminara la frase, me habló de algo que para muchos gurises entrerrianos marca el verdadero inicio de la memoria: el cuento de La Solapa.
Porque antes de hablar de entretenimiento, es necesario detenerse en esas historias que sobreviven entre generaciones y que, además de ser místicas, nos enseñaban a tener miedo, a portarnos bien, a respetar ciertas normas.
Fue entonces cuando le pregunté:
—Nona, ¿cuándo fue la primera vez que escuchaste el cuento de “La Solapa”?
—Cuando era chica, era muy traviesa. Siempre se hablaba de que andaba “La Solapa”, un monstruo que acechaba con un ruido muy particular para llevarse a los gurises que jugaban a la hora de la siesta. La primera en asustarnos a mí y a mis hermanos, fue mi mamá. Mi papá daba su aporte a la mentira. Al final, el ruido eran las palomas. ¡Qué tontos éramos!
En la cultura del litoral, la figura de “La Solapa” —así como la del Viejo de la Bolsa, el Soplido de la Tormenta o la Luz Mala— ha marcado infancias por generaciones. Ese primer encuentro con el miedo, disfrazado de cuento, transmitido con cariño y picardía por algún adulto de la familia como parte de una pedagogía emocional.
Pero ¿qué función cumplen estas leyendas en la cultura popular? ¿Por qué el miedo formaba parte del juego? ¿Qué nos dice esto sobre el modo que se criaban los chicos en esa época? Detrás del cuento había una forma de ordenar el mundo, de delimitar lo permitido y lo prohibido. Como bien señala Marco Aime, “las culturas son instrumentos que le sirven a los hombres para ordenar el mundo que los rodea” (Aime, 2015: 32). Es decir, no solo heredamos modos de vivir y divertirnos, sino también formas de organizar lo que consideramos verdadero, permitido o deseado.
Estas leyendas, entonces, no eran simplemente historias para asustar: eran parte de una red de significados que ayudaban a regular el comportamiento infantil, a marcar los límites del tiempo del juego (por ejemplo, la siesta), y a reforzar los valores del grupo familiar.
Con esa idea, es de mi interés que esta entrevista no sea solo una recolección de anécdotas intergeneracionales, sino también un ejercicio de análisis cultural. Me interesa entender cómo se construía el ocio, cómo se distribuía el tiempo libre, qué importancia se le daba al juego, y cómo ese espacio lúdico se conectaba con la identidad, el cuerpo, el miedo, la libertad o el deber. Para eso, además del testimonio de mi nona, voy a apoyarme en cinco autores que trabajamos durante la cursada de Historia del Entretenimiento: Marco Aime, Roger Caillois, Diego Levis, Sandra Furelos y María José Müller.
Cada uno aporta una mirada diferente sobre el ocio y el entretenimiento. Me propongo articular estos enfoques con las vivencias de mi nona, y contrastarlas con mi propia experiencia. Así, el entretenimiento se convierte en un espejo que refleja los cambios sociales, económicos, tecnológicos y simbólicos entre generaciones. No se trata solo de comparar el “antes” y el “ahora”, sino de pensar qué se pierde y qué se gana cuando cambia la forma de entretenerse, de vivir el tiempo libre, de compartir con otros.
Este trabajo es, entonces, un viaje: uno que comienza con un cuento escuchado en la infancia, pero que busca convertirse en una herramienta para entender el presente. Porque el entretenimiento —aunque lo olvidemos— dice mucho más de nosotros de lo que creemos. Habla de cómo habitamos el mundo, de cómo aprendemos a convivir, de cómo regulamos el deseo, la frustración, la norma o la libertad.
Un tiempo de barro, trapo y libertad
Como primer paso, considero fundamental remontarme por un momento a la infancia de la entrevistada. Nacida en 1942, Rosa creció hasta llegar a la adultez entre las décadas del ‘40 y del ‘60, en un contexto rural profundamente distinto al actual, donde el juego y el entretenimiento seguían otras lógicas, otras reglas y otros tiempos.
La infancia de Rosa transcurrió en Chiqueros, una zona rural de Entre Ríos donde los días se organizaban según el ritmo del sol y las necesidades del campo. No había relojes que marcaran el paso del tiempo con rigidez, ni tampoco compromisos como los que predominan en la vida urbana actual. Como sostiene Diego Levis, antes de la industrialización el tiempo no estaba fraccionado como en la vida urbana moderna, sino que se vivía de forma continua, ligada al cuerpo y al entorno natural, en una relación más orgánica con el ritmo cotidiano de las personas (Levis, 2009: 1–2).
Esta forma de manejo del tiempo influía directamente en la experiencia infantil. Los niños no estaban atravesados por lógicas de productividad ni atrapados por dispositivos tecnológicos. En cambio, la infancia se desarrollaba en torno a tareas compartidas con sus hermanos, espacios al aire libre y momentos de juego espontáneo. En su testimonio, Rosa recuerda con cariño cómo después de terminar las tareas del hogar salía a jugar al patio a correr terneros, a montar caballos o a armar orquestas con tarros de lata vacíos.
Lejos de ser simples pasatiempos, estos juegos expresan una relación directa y libre con el cuerpo, que contrasta con el sedentarismo y la inmovilidad que caracteriza muchas de las formas de entretenimiento actuales.
Uno de los pasajes más entrañables de la entrevista es el relato sobre cómo fabricaban sus propias muñecas de trapo. No es un dato menor. Levis insiste en que en la actualidad el ocio está profundamente mercantilizado, los juguetes se compran, se publicitan, se vuelven objetos de consumo (Levis, 2009). En la niñez de Rosa, el entretenimiento se definía por la libertad espacial, no por el consumo ni la hiperconectividad. Esto demuestra el poder ilimitado de la imaginación, donde el deseo de jugar impulsaba la creación artesanal.
Con ayuda de su mamá y hermanas, construía en casa con retazos, bordados, hilo y tiempo compartido estas muñecas de trapo. En el proceso, lo lúdico no se separaba de lo afectivo: las muñecas no solo eran un pasatiempo, sino también una forma de construir vínculos con sus hermanas y su madre.
Caillois sostiene que “los juegos ejemplifican los valores morales e intelectuales de una cultura. Además, contribuyen a precisarlos y desarrollarlos” (Caillois, 1986: 65). Desde esta perspectiva, podemos decir que el juego no solo refleja una cultura, sino que también la construye activamente, y es por ello que las muñecas de trapo no eran menos “válidas” que los juguetes de hoy. Eran, en muchos sentidos, más potentes, ya que condensaban amor, creatividad, tiempo familiar, habilidades manuales, y un saber transmitido de generación en generación.
Del juego al ritual: bailes, lecturas a escondidas y adolescencia
Al llegar a la adolescencia, allí por el año 1958, Rosa empieza a narrar otro tipo de entretenimiento: los bailes de campo. En ellos se vislumbra una transición del juego infantil a formas de ocio más regladas y adultas. Los bailes, organizados por las escuelas rurales en el mes de septiembre, seguían un protocolo social claro: el orden de las músicas (pasodoble, vals, tango, chamamé), los códigos de vestimenta —como los zapatitos blancos y los vestidos de organza o tafeta—, y la necesidad de ser acompañada por un adulto, ya sea el padre o un hermano mayor de la joven.
En estos bailes, Rosa me comentó que era frecuente que los varones se acercaran a las chicas a través del recitado de las llamadas “relaciones”: versos improvisados o aprendidos de memoria, que funcionaban como forma de cortejo. La joven, por su parte, podía responder aceptando o rechazando la invitación, también en forma de rima.
Silvina Cepeda, profesora de la ciudad de Nogoyá, ha recopilado en una de sus últimas obras algunas de estas relaciones. Entre ellas, destaco una que Rosa reconoció con una sonrisa, y que resume el ingenio, la picardía y el ritual del cortejo rural:
“Una vez jugué a la taba
Y gané quinientos pesos
Quisiera jugar con vos
Para ganarme tus besos.
Yo nunca hubiera creído
Que fuera tan atrevido
Vaya sabiendo mocito
Que yo ya tengo marido.”
(Cepeda, 2023: 131)
Por otro lado, su pasión por la lectura también merece un lugar especial en esta aventura de crecer. Rosa recuerda cómo se escondía para leer cuando debía hacer otras tareas. Ese escondite revela no solo el deseo de aprender, sino también de una pequeña transgresión: la lectura como escape, como refugio personal.
Levis advertiría que en esa época la lectura aún era una forma de entretenimiento no mercantilizado, libre, profundamente ligada al deseo (Levis, 2009). Hoy, en cambio, la industria del entretenimiento incluso ha capturado el tiempo de lectura, volviéndolo cada vez más escaso frente a las pantallas. O bien, ha fragmentado la experiencia lectora, jibarizandola con herramientas como la inteligencia artificial. Y así, reduciendola a resúmenes, frases sueltas o contenidos generados automáticamente, vaciando de sentido el acto de leer como práctica de concentración, imaginación y crecimiento personal.
La radio como compañía sonora en la ruralidad
La radio también acompañó a mi nona en su juventud. En los hogares rurales entrerrianos, como el de ella, comenzó a volverse habitual hacia mediados de los años ‘50. Como menciona Müller, la llegada del transistor en 1956 permitió que los aparatos receptores dejaran de estar atados a un espacio fijo, volviéndose portátiles (Müller, 2017).
Gracias a ésta transformación tecnológica, la radio pudo entrar con fuerza a hogares como el de mi nona, donde no siempre llegaban los diarios, ni mucho menos la televisión. Rosa asocia la radio con momentos de descanso en la cocina, con música folclórica, noticias, o un radioteatro sonando a través de LT14 Radio General Urquiza, que emitía desde Paraná, Entre Ríos.
No recuerda nombres de programas, ni figuras del micrófono. Pero sí recuerda el efecto, era una mezcla de compañía y misterio, de voz conocida y mundo lejano. La radio no interrumpía. No reclamaba atención exclusiva. Solo sonaba.
Esa sonoridad de fondo —una voz sin cuerpo, un relato sin imagen— se volvió parte del paisaje emocional de su juventud. Un fondo sonoro que permitía imaginar sin distracción, acompañar sin invadir, y construir comunidad desde la distancia. A diferencia del cine, que era ceremonia, o del juego, que era movimiento, la radio era eso que estaba… y hacía que uno no estuviera solo.
De la matinée a las plataformas: el cine como ritual colectivo
El cine es una experiencia que mi nona se atreve a describir no solo como una proyección, sino como un acontecimiento. Durante una de nuestras numerosas charlas, me contó que a fines de los años ‘50 tuvo su primer acercamiento al mismo. Fue durante una visita a su hermana mayor, quien ya vivía en la ciudad de Nogoyá. Juntas asistieron a una función en horario matinée en el Teatro de la Sociedad Italiana, un edificio que ya para entonces era el centro de la vida cultural local. Combinaba funciones teatrales, conciertos y proyecciones cinematográficas. Si bien su historia institucional se remonta al siglo XIX, aquí me limitaré a hablar sobre los años en los que atravesó la vida de mi nona.
Esa salida al cine no era un hecho aislado, sino una experiencia cuidadosamente preparada: se elegía el día y función, se preparaba la ropa y se cumplían ciertos códigos de comportamiento. Pero sobre todo, había una sutileza en la elección del acompañante, que en la mujer era común asistir con amistades femeninas, ya que era poco frecuente que se les permitiera ir con la compañía de un novio. En palabras de Rosa:
—Mi papá jamás me hubiese dejado ir en un horario que no fuese Matinée y mucho menos, con un novio.
Como señala Sandra Furelo, recordando que Rosa empezó a asistir a finales de los años ‘50, vivió esta época, en la cual a través del cine se “divulgaban y reforzaban los valores vigentes en la sociedad de los años ‘40 y ‘50. Ese conjunto de hábitos, creencias y formas de comportarse en sociedad obtenían visibilidad en el cine, puesto que los reflejaba a la vez que los legitimaba y establecía…” (Furelos, 2014: 71).
Las películas que llegaban al pueblo no eran neutrales: representaban una idea del amor, de la familia, del rol de la mujer y del futuro, que influía directamente en la percepción de los jóvenes.
Hacia los años ‘60, en Argentina surgieron nuevas propuestas más críticas, el llamado “Nuevo Cine Argentino”. A pesar de esta nueva corriente, la oferta audiovisual que llegaba al pueblo seguía siendo en su mayoría pasatista.
Rosa me comentó que cuando su hermana la introdujo al cine, a ella se le presentó una puerta hacia otros mundos posibles, pero también una forma de confirmación de lo que se esperaba de una jovencita en esos tiempos: vestirse bien, esperar que la inviten a bailar, soñar con el amor como destino. Esa mezcla entre ficción e ideal social marcó profundamente su generación.
Hoy, el consumo audiovisual está mediado por la lógica del “on demand”, que permite acceder a contenidos en cualquier momento y lugar, sin necesidad de coordinar horarios ni de asistir físicamente a ningún espacio común. Cada espectador puede mirar lo que quiere, cuando quiere y cómo quiere, muchas veces en soledad, desde un celular, tablet o computadora. Aunque esta modalidad ofrece una libertad inédita en términos de elección, también supone la pérdida de ciertas dimensiones colectivas.
Como advierte Levis, el avance de la cultura digital ha fragmentado el tiempo libre y ha mercantilizado el ocio, convirtiendo muchas veces el entretenimiento en una experiencia solitaria, mediatizada y rutinaria (Levis, 2009). Ir al cine, tristemente ya no es un acontecimiento, sino una excepción. Las plataformas reorganizaron el vínculo con la narrativa audiovisual: se consume por tramos, se interrumpe, se acelera, se acumula. En algunos casos, ni siquiera se termina de ver. Esta fragmentación no solo afecta la forma en que se mira, sino también el modo en que se recuerda, se comenta y se vive lo visto.
Tiempo atrapado vs. Tiempo vivido: una comparación entre generaciones
Cuando le pregunté a Rosa si sentía que tenía más o menos tiempo libre que los chicos de hoy, no dudó. Me miró y me dijo con firmeza:
—Me sentía extremadamente libre.
Su respuesta no se refiere a la cantidad de horas ociosas, sino a una vivencia del tiempo más abierta y menos condicionada. Si bien tenía tareas que cumplir (juntar leña, barrer el patio, ayudar en la cocina), también tenía tiempo para jugar, correr, leer, inventar.
Hoy, en cambio, muchos chicos están sobrecargados de obligaciones formales: van a la escuela doble turno, tienen clases extracurriculares, actividades programadas, tareas escolares, y además, permanecen gran parte del día frente a pantallas.
Paradójicamente, aunque las tecnologías prometen liberar tiempo, terminan capturándolo. Lo que se presenta como ocio es muchas veces una extensión del rendimiento: aplicaciones educativas, juegos, redes sociales que exigen una presencia constante, multitareas que impiden el descanso real. Levis llama a esto “tiempo atrapado”: un tiempo funcionalizado, donde el ocio está regulado por dispositivos, algoritmos o instituciones que lo regulan, lo estandarizan y lo consumen (Levis, 2009).
Lo que queda del juego
Volver a la infancia junto a mi nona fue mucho más que un ejercicio académico, fue una forma de mirar hacia atrás para entender el presente. A través de sus recuerdos se revelan formas de entretenimiento y de vida profundamente distintas a las actuales, pero no por eso menos ricas o complejas. Lejos de la lógica del consumo y la hiperconectividad, el juego en su niñez estaba marcado por la libertad, la creatividad, la colaboración y el cuerpo en movimiento. No se trataba de un “tiempo libre” en el sentido moderno del término, sino de un tiempo vivido, encarnado, cargado de vínculos y sentidos.
No se trata, en definitiva, de caer en la idealización del pasado ni en la demonización del presente, sino de preguntarnos qué perdimos y qué ganamos en ese tránsito. Espero que, a través de este trabajo, usted lector haya podido reflexionar y plantearse preguntas como: ¿Qué tipo de vínculos genera hoy el entretenimiento? ¿Qué margen de libertad ofrecen nuestras formas actuales de ocio? ¿Qué lugar queda para el deseo, para la invención, para el aburrimiento creativo?, estas preguntas son cruciales si queremos ahondar en la búsqueda de nuestra identidad.
Las experiencias de Rosa nos recuerdan que jugar y entretenerse no es simplemente “pasar el tiempo”: es una manera de estar en el mundo, de aprender a convivir, de experimentar el cuerpo, de formar valores, de ensayar futuros posibles. Quizás, en una época que corre detrás de la inmediatez y la eficiencia, mirar hacia atrás y analizar esas formas antiguas de jugar nos ayude a pensar nuevas formas de vivir el tiempo, más libres, más compartidas, más humanas.
Y si hay algo que aprendí de esta entrevista es que jugar no es una actividad menor. Como diría Caillois, “sus redes sutiles fundan nada menos que la civilización” (Caillois, 1986: 108). Y escuchar cómo jugaban y se entretenían nuestros abuelos quizás sea una de las mejores formas de entender quiénes somos hoy.
Y, ¿qué pasó después?
Rosa se casó en 1963, a los 21 años, y se mudó a Maciá, Entre Ríos. Allí vivió una etapa de profunda felicidad junto a su esposo, José María Crettaz, con quien formó una familia y tuvo tres hijos. Tristemente, esa vida luminosa y tranquila se vió sacudida por la pérdida de José a muy temprana edad.
A partir de ese momento, Rosa decidió mudarse a Nogoyá, encontrando allí un lugar donde rearmar su vida junto a sus hijos, construyendo con esfuerzo y amor, un hogar en el que todavía hoy recibe a quienes, como yo, vamos a escucharla, a compartir, o a volver —aunque sea por un ratito— a jugar.
Creo firmemente que Rosa hoy, con sus 83 años, sigue siendo esa niña. Esa que una vez corrió tras los terneros entre risas y gritos, sin saber que estaba jugando a vivir. La que bordaba muñecas de trapo con retazos que sobraban, pero a las que tejía un alma en cada puntada. La que se escondía para leer a la hora de la siesta porque el deseo de imaginar era más fuerte que la lista de las tareas, que cualquier obligación. Sigue siendo esa gurisa que creció en un tiempo sin pantallas, pero lleno de historias. Que convirtió la escasez en creatividad, la rutina en juego y los silencios en memoria.
Hoy con su cabello tintado, que de vez en cuando deja entrever una canita, sigue leyendo historias y contándome de sus andanzas como quien enhebra el tiempo. En cada frase, en cada risa, se escucha esa niña que nunca dejó de jugar, aunque haya tenido que hacerse grande demasiado pronto.
Quizás por eso sigo extendiendo este ensayo, quizás nunca deje de hacerlo. Porque no solo es un homenaje (en vida, cómo deben serlo), sino una forma de volver a donde todo empieza, un lugar donde hay barro, hermandad, muñecas de trapo… y una infancia que, por suerte, no terminó del todo.



